Cuatro personas a las que acompañé de cerca fueron certificadas por el programa de mentoría de DW-Corp y, después, contratadas como ingenieras de software en empresas de tecnología. Tres de ellas comenzaron directamente en el nivel mid, saltándose la etapa de junior. Escribo esto para honrar esos resultados —que les pertenecen a ellas, no a mí—.

Cuatro nombres, un mismo punto de partida
Guilherme Amaral, Polyana Cunha, Gabriel Faria y Suyanne Miranda. Cada uno llegó con una experiencia y una rutina diferentes, pero con la misma pregunta en mente: ¿puedo convertirme de verdad en ingeniero de software? En su caso, la respuesta fue sí —y más rápido de lo que normalmente promete el camino.
Mi función como mentor nunca fue entregarles el resultado terminado. Fue ayudar a cada persona a construir una base técnica sólida, ganar autonomía y demostrar, mediante su trabajo, que estaba preparada. El mérito de cada contratación es de quienes se sentaron a trabajar y lo hicieron.
Cómo funcionaba la mentoría en la práctica
Nada de mirar una clase y seguir adelante. El centro era la práctica deliberada: elegir un punto débil, trabajarlo de forma intencional, recibir feedback directo y repetir hasta que se volviera natural. Sin ese ciclo, estudiar se convierte en acumular contenido que no se asimila.
El segundo pilar eran los proyectos reales. No ejercicios de laboratorio, sino problemas con requisitos ambiguos, decisiones de arquitectura y código que había que mantener y revisar. Ese es el tipo de trabajo que acerca a una persona a lo que una empresa realmente espera de un ingeniero.
Guilherme, Polyana y Gabriel: por qué entraron directamente como mid
Los tres fueron contratados en el nivel mid, sin pasar por junior. No es un detalle menor. El mercado suele tratar la etapa junior como obligatoria —y para muchas personas lo es—. Pero cuando alguien llega con autonomía para abordar un problema de punta a punta, leer código heredado sin perderse y defender una decisión técnica, la etiqueta de junior deja de tener sentido.
No fue cuestión de suerte ni de un talento mágico. Guilherme, Polyana y Gabriel llegaron a las entrevistas resolviendo problemas de nivel mid porque habían entrenado exactamente eso. La práctica deliberada en proyectos reales hizo que su primer día de trabajo se pareciera a algo que ya habían vivido decenas de veces.
Suyanne: un comienzo que también es una victoria
Suyanne Miranda fue contratada como ingeniera de software junior, y hago cuestión de poner ese resultado en el mismo podio que los otros tres. Conseguir un puesto en ingeniería es abrir una puerta que muchas personas pasan años intentando alcanzar. El nivel de entrada no reduce el logro; es el punto de partida de una carrera que ahora está en marcha.
Cada trayectoria tiene su propio ritmo. Lo importante es que Suyanne entró al mercado como ingeniera, con una base desde la que puede seguir creciendo.
Lo que realmente acortó el camino
Si tuviera que resumirlo, lo haría en tres palabras: mentoría, práctica deliberada y proyectos reales. Ninguna de ellas, por sí sola, hace posible el salto. La mentoría sin práctica se convierte en conversación. La práctica sin un proyecto real se convierte en un ejercicio desconectado del mundo. Un proyecto sin feedback se convierte en un esfuerzo que no corrige el rumbo.
Juntas, estas tres cosas hicieron que tres personas llegaran al mercado directamente como mid y que una cuarta abriera la puerta como junior. No es una fórmula garantizada para nadie: es lo que funcionó para ellos, con mucho trabajo de su parte.
Lo que queda
Guilherme, Polyana, Gabriel y Suyanne demostraron, cada uno a su manera, que es posible llegar preparado. Fueron ellos quienes estudiaron, entrenaron y soportaron la presión de las entrevistas. Yo solo tuve la suerte de acompañarlos de cerca. Que esto sirva de mensaje para quien está a mitad de camino y duda: el salto existe, y tiene un nombre: el tuyo.


